Autora: Margarita Cedeño de Fernández

El doceavo Presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, realizó una interesante disertación en una edición del maravilloso proyecto TED, donde esbozó un mundo en el cual la población mundial ha elevado el nivel de sus aspiraciones, gracias en gran medida a la revolución tecnológica que vivimos. Kim se pregunta si esas aspiraciones encontrarán oportunidades o frustraciones, una cuestión esencial en un mundo repleto de desigualdad social.

La cuestión no es ociosa. En la medida en que la tecnología y los medios de comunicación nos muestran un mundo de prosperidad y de consumismo, los más pobres y vulnerables van aspirando a un estilo de vida que se les hace cada vez más costoso.

Los resultados de estudios realizados por el Banco Mundial afirman que hay una relación directa y proporcional entre el crecimiento económico de un país y el costo que tienen que asumir los ciudadanos para vivir de acuerdo a las expectativas que genera dicho desarrollo económico.

En palabras de Kim, esto significa que si un país crece en un 10% del PIB, la mayoría de los ciudadanos tienen que elevar sus ingresos en por lo menos un 5% para sentirse satisfechos y vivir a la altura de sus expectativas. Sin embargo, en los niveles más bajos de la población, este porcentaje se eleva hasta un 20%.

¿Cómo podemos asegurar que las expectativas de la población, especialmente la más vulnerable, no se diluya en el consumismo y que, por el contrario, se destine a inversiones importantes en el núcleo familiar?

Uno de los principales casos presentado por Esther Duflo y Abhijit Banerjee, en su obra de referencia “Repensar la Pobreza”, analiza distintos escenarios de familias que viven en la pobreza extrema y las enfrentan al dilema de dónde invertir si dispusieran de más recursos económicos. Para la gran mayoría, sus aspiraciones de un teléfono inteligente, televisión por cable o ropa costosa, se sobreponen al deseo de – y la necesidad – de invertir en mejor salud, mejor educación o una alimentación consistente y nutritiva.

Parte esencial de la política social es guiar al ciudadano que participa de los programas sociales, llevarlo en el camino correcto hacia el desarrollo personal, familiar y, por ende, de su comunidad. Una gran parte de la inversión del capital humano que trabaja con personas en pobreza y pobreza extrema, se invierte en convencerlos que la inversión en educación, salud, emprendimientos, vivienda y, en general, mejores condiciones de vida, es más efectiva que el simple gasto en productos de consumo.

Es el gran reto. En la labor de combatir la gran desigualdad social que aún impera en el mundo en que vivimos, se están enfrentando las oportunidades y las aspiraciones; se encuentran en un cruce de caminos las necesidades y los deseos, lo que nos lleva a cuestionar constantemente las políticas públicas y la forma en la que estamos trabajando para erradicar la pobreza.

Uno de los resultados más interesantes que traerá el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM/RD), que hemos presentado a la sociedad en días pasados, es justamente medir la intensidad de las carencias y el sentido de bienestar de las personas que viven en situación de pobreza o vulnerabilidad. Podremos preguntarnos, y presentar la respuesta, de si la sociedad responde con oportunidades suficientes a las aspiraciones que tienen las personas pobres de nuestro país.

Como dicen Duflo y Banerjee en su obra, “no es fácil escapar de la pobreza, pero la sensación de que es posible, unida a algo de ayuda bien dirigida, (…) a veces puede tener efectos sorprendentemente grandes”.

 

A eso deben apostar las políticas públicas de combate a la pobreza, a que las aspiraciones de los ciudadanos en situación de vulnerabilidad encuentren las oportunidades necesarias para que, con una pequeña ayuda estatal, pueda romperse el círculo de pobreza y verificarse la movilidad social, y así crear la gran clase media a la que aspiramos, en una sociedad pacífica y segura.

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