Por: Patricia Salazar Figueroa Se juegan mucho los alemanes en estas elecciones generales parlamentarias, que a su vez definen la composición y combinación de partidos en el gobierno y el nombre de quien ostentará su jefatura desde finales de este 2017 hasta septiembre de 2021.

El transcurso y evolución de la campaña electoral han venido demostrando que el electorado no solamente irá este domingo a las urnas para votar a favor o en contra de la reelección, para un cuarto periodo de gobierno de Angela Dorothea Merkel, sino también para decidir el ingreso en el Parlamento de un partido político con postulados nacionalistas, antieuropeo y de extrema derecha, como lo es Alternativa para Alemania (AFD).

Y, aunque pareciera que el mundo ya se ha ido acostumbrando a la avanzada de la derecha populista y antisolidaria, en Alemania, por cuenta de su historia, hasta ahora y por más de seis décadas ha primado el consenso unánime de la sociedad y los partidos políticos de impedir, a toda costa, el ingreso al legislativo de algún partido o fuerza política de ideas con olor a nazismo.

De hecho, desde los años sesenta, los alemanes, tan disciplinados, acogieron como norma de orientación para su proceder político una sentencia pronunciada en una frase por el patriarca Franz Joseph Strauss, líder en su momento del partido Unión Social Cristiana (CSU) del Estado Federado de Baviera, partido hermano de la Unión Cristiano Democrática (CDU), que lideró el padre de la Reunificación, Helmut Kohl, y que hoy preside la canciller Angela Merkel, para quien “a la derecha del CSU y CDU solo hay espacio para la pared”.

La realidad constata que a la derecha del CDU y del CSU se ha abierto un espacio considerable, y que este ha sido ocupado por la AFD, que, según más de diez firmas encuestadoras, podría alcanzar hoy entre el 9,8 y el 12 por ciento de los votos. Esos resultados en la intención de voto permiten a los analistas en Berlín dar por descontado que la AFD ingresará en el parlamento con 70 parlamentarios, liderada por Alice Weidel, de 38 años, hábil comunicadora de las tesis de su partido de “Alemania para los alemanes” en contra del euro, los refugiados, asilados, extranjeros sin recursos y del multiculturalismo.

Tercera fuerza electoral
Así mismo, evidencian que en realidad lo que está en juego es el posible posicionamiento de ese partido como tercera fuerza electoral, por debajo del CDU/CSU, que acumularía 34-36 por ciento, y del SPD, socialdemócrata, de Martin Schulz, que alcanzaría 21 por ciento; y por encima de tres partidos medianos históricamente ya establecidos como el FDP (liberales), que obtendrían un 10 por ciento; die Linke (izquierda), 11 por ciento y Verdes, 8.

Angela Merkel y su partido perderían cerca del cinco por ciento del electorado que alcanzaron en las elecciones del 2013, pero podrían asegurar la reelección, debilitados y bajo la condición de que los socialdemócratas acepten de nuevo conformarse con volver a ser socios minoritarios en la coalición de gobierno, que en todo caso tendría a diputados de extrema derecha respirándoles sobre los hombros, a ellos y a la democracia.

Ante esos vaticinios de temblor en alta escala, el ambiente político en el país se percibe más que caldeado y ha generado una discusión candente cuyo centro es Merkel y sus doce años de gobierno, ahora en coalición con los socialdemócratas. Pues está siendo analizada y percibida como responsable del fenómeno y del ascenso, rasante, de la AFD.

Eso, porque este partido se constituyó hace apenas cuatro años, en abril de 2013, cuando el CDU con Angela Merkel contaba ocho años en el poder y cinco meses antes de que la canciller ganara las elecciones para su tercer periodo.

El analista de enorme prestigio e influencia, Jakob Augstein, hijo del fundador del semanario ‘Der Spiegel’, le acaba de dedicar a Merkel, esta semana, una columna en el semanario, en la cual la acusa, literalmente, de ser la “Madre de la AFD”, porque su prolongado gobierno trajo consigo la precarización de las clases de bajos recursos, la desilusión y el resentimiento de la sociedad frente a su forma de repartición de recursos y oportunidades, su inhabilidad para explicar y hacer entender al pueblo sus decisiones humanitarias y su estilo de gobierno, que habría difuminado y restado fuerza considerable a la solidez de las diferencias en el debate político germano.

“Cuando se haga el debido balance sobre el nombre de Merkel, colgará la evidencia de haber sido ella quien posibilitó el ingreso triunfante de verdaderos nazis en el Bundestag. Era ella quien tenía el turno de vigilancia de la democracia. Ella descuidó la guardia histórica”, escribió Augstein, cuya columna se ha consolidado esta semana como la más leída y preferida.

La tensión anticipada por la próxima presencia de la AFD en el legislativo está generalizada, y el nerviosismo en las toldas de Merkel es tan evidente que el propio jefe de gabinete de la canciller, Peter Altmeier, cayó en el recurso extremo de dar una respuesta a la prensa, en la que sugirió que era mejor no votar que votar por la AFD.

¿Es mejor que alguien se abstenga de ir a votar a que vote por la AFD? Le preguntaron, a lo que el escudero de Merkel respondió: “Por supuesto que sí”. De poco han valido, hasta ahora, las explicaciones racionales dadas por Altmeir y su partido sobre esa respuesta que contradice el principio democrático de llamado a los electores a que participen.

 

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