Por: Sergio Gómez Maseri
Nadie sabe a ciencia cierta si podrá implementarlo. Aún así, el plan sobre armas nucleares que presentó la administración de Donald Trump hace pocos días representa un viraje de 180 grados frente a políticas anteriores y tiene a más de uno con los pelos de punta ante la posibilidad real de una nueva carrera armamentista de nefastas consecuencias.
Como por lo general les corresponde a todos los presidentes desde el fin de la Guerra Fría, la administración de Trump anunció el 2 de febrero su ‘Revisión sobre la postura nuclear’, un documento que desarrolla el Pentágono, en el que se establece el rol de las armas nucleares en las necesidades geoestratégicas y de seguridad del país.
La última revisión fue en el 2010 y le correspondió al expresidente Barack Obama. En ella se había diseñado una hoja de ruta para modernizar el arsenal nuclear, pero con el objetivo de reducirlo y encaminado solo a ser usado en el caso extremo de un ataque nuclear de un adversario y como instrumento de disuasión.
Sobre el papel, el de Trump avanza por la misma vía de la modernización trazada por su antecesor, pero con dos cambios fundamentales.
En primer lugar, si bien vuelve a establecer que las armas solo se usarán “en condiciones extremas”, redefine el término para que pueda responder con fuerza nuclear a ataques “no nucleares de carácter estratégico” contra la población civil, la infraestructura, las fuerzas nucleares del país al igual que ciberataques.
En otras palabras, EE. UU., bajo esta guía de Trump, podría responder con su arsenal nuclear en estas circunstancias así su enemigo no haya utilizado armas de destrucción masiva.

El razonamiento tras de este sustancial cambio de perspectiva es que tanto Rusia como China, sus dos principales rivales, han estado caminando en contravía a la tendencia de Washington, pues continúan invirtiendo en nuevas armas y colocando un alto valor estratégico en su desarrollo.
Pero como alega Steven Pifer, experto en proliferación de armas nucleares del Brookings Institute, se trata de un idea que parte de un precepto equivocado.

“La ventaja militar comparativa que tiene EE. UU. frente a estos rivales es precisamente la inversión en armas convencionales de alta tecnología que sí se pueden usar en un conflicto. Seguir la línea de estos otros países hacia el desarrollo de armas que suponen la destrucción absoluta y que están destinadas solo para el más extremo de los casos no parece una decisión inteligente”, sostiene Pifer.

Seguir la línea de estos otros países hacia el desarrollo de armas que suponen la destrucción absoluta y que están destinadas solo para el más extremo de los casos no parece una decisión inteligente
Así mismo, dice el analista, si bien es cierto que es necesaria la modernización de submarinos con capacidad para lanzar misiles balísticos, bombarderos estratégicos y misiles balísticos con alcance intercontinental, el país ya cuenta con un arsenal nuclear lo suficientemente poderoso como para disuadir a cualquiera de una guerra con este tipo de armas.
El segundo cambio que plantea Trump es igualmente delicado. La propuesta del Pentágono pide, por un lado, el desarrollo de un nuevo misil tipo crucero con capacidad para llevar una pequeña carga nuclear desde alguno de sus barcos de guerra y de una de cabeza nuclear, también de bajo impacto, para poder montar en los misiles balísticos Trident que viajan a bordo de sus submarinos. Eso en adición a otro misil crucero con capacidad para albergar una ojiva nuclear pequeña en el que ya está trabajando la Fuerza Aérea.
Como en el caso anterior, el documento expresa la necesidad de avanzar en el desarrollo de armas nucleares de menor calado en respuesta a las movidas de Moscú en esta misma dirección.
La idea, al menos como la presentan los militares, es convencer a Rusia de que EE. UU. también podría responder con este tipo de armas no estratégicas, en caso de presentarse un conflicto y por tanto disuadirlo de su eventual uso en un campo de batalla.
Una peligrosa aproximación
Como explica Pifer, se trata de una aproximación muy peligrosa. “Al entrar en una competencia de desarrollo de armas nucleares de bajo impacto, se corre el riesgo de enviar el mensaje de que este tipo de armas no estratégicas se ubican en una categoría diferente y que por lo tanto su uso podría ser aceptable”.
Para el analista, antes que bajar el estándar del posible uso de armas nucleares en un conflicto, Washington debería insistir en elevarlo. Es decir, dejar claro que cualquier uso de un arma nuclear, sin importar su tamaño, sería interpretado como un cambio en las reglas vigentes (o como hasta hoy se entienden) que daría paso a una retaliación de consecuencias catastróficas para la humanidad.
De acuerdo con Tom Collina, del Fondo Plougshares –centro de pensamiento que monitorea la carrera armamentista a nivel global–, el asunto es aún más preocupante si se tiene en cuenta al nuevo ocupante de la Casa Blanca y la retórica belicista que ha empleado frente a Corea del Norte.
“En pocas palabras, lo que hace este nuevo planteamiento es darle la opción de armas nucleares de bajo impacto que sí podría emplear en el caso de un conflicto como el de Corea del Norte y nuevos parámetros para determinar cuándo son aceptables y cuándo no”, afirma Collina.
Esta semana, precisamente, un grupo de senadores le envió una carta al presidente en la que advirtieron que las nuevas políticas planteadas no solo desatarán una nueva carrera armamentista sino que plantean la posibilidad real de un conflicto nuclear como el que el mundo jamás ha presenciado.
Dado que el desarrollo de este tipo de armas toma tiempo y cuesta una fortuna es improbable que estén listas en el mediano plazo. Aún así, como dice Collina, lo grave es abrir una puerta que no debería ni existir.

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