Por: Leonel Fernández
En medio de la fase final de una intensa y apasionada competencia, no apta para cardiacos, entre las Águilas Cibaeñas y los Tigres del Licey, de repente circuló la noticia esperada con gran ansiedad: Vladirmir Guerrero había sido exaltado al Salón de la Fama de Cooperstown.

Ante esa información, el pueblo dominicano estalló en júbilo. Reinaba la alegría por todas partes. Se anhelaba su retorno al país con mucha ilusión. Por un instante, hasta la rivalidad entre las cuyayas y los felinos parecía disiparse. Había como una especie de cese al fuego en reconocimiento al último símbolo del orgullo nacional.

Su llegada fue todo un acontecimiento. En un gesto humilde, como el que siempre le caracteriza, hizo saber que toda su hazaña no fue más que para poner en alto la bandera dominicana.

La música, el entusiasmo, la algarabía le esperaron en el Aeropuerto Internacional de Las Américas. Continuó en todo el trayecto hacia la ciudad. Se hizo sentir en el Malecón de la Capital y llegó hasta el corazón mismo de su pueblo natal, don Gregorio, en Nizao, provincia Peravia.

Realmente el pueblo dominicano disfrutó a plenitud el ingreso de Vladimir Guerrero, una de nuestras más grandes estrellas del béisbol de todos los tiempos, al núcleo exclusivo de los inmortales de ese deporte.

Fue hace tan solo tres años, en el 2015, que un compañero suyo de equipo, en los Expos de Montreal, Pedro Martínez, mejor identificado como Pedro, el Grande, resultó ser seleccionado como el segundo jugador dominicano en ingresar al Salón de la Fama de Cooperstown.

Sin embargo, durante 32 años, desde que fue seleccionado en 1983, Juan Marichal, el Monstruo de Laguna Verde, reinó solo en esa categoría especial, reservada para los más destacados atletas del bate, el guante y la pelota. Curiosamente, el nativo de Monte Cristi terminó su carrera profesional en el 1975, el mismo año en que nació Vladimir Guerrero, la Tormenta de Don Gregorio, como lo bautizó el cronista deportivo Bienvenido Rojas.

Pero, para mayor coincidencia, Vladimir siempre utilizó el número 27 en el uniforme de los cuatro equipos para los cuales desplegó su talento; igual al número de Marichal con los Gigantes de San Francisco.

Origen humilde
Nacido en plena Guerra Fría, en un país influido por ideas de izquierda, parece comprensible que sus padres declararan a su hijo, futura estrella de las Grandes Ligas, con el nombre legendario del líder de la Revolución bolchevique: Vladimir, conocido como Lenin.

Pero, en la actualidad, el presidente Putin de Rusia, también lleva el mismo nombre: Vladimir.

En el ámbito del deporte, Vladimir Guerrero no estuvo por debajo de sus tocayos rusos. Él fue también una potencia hegemónica en el diamante, por el poder de su bate, la velocidad de sus piernas y la fuerza de su brazo.

Vladimir Guerrero, sin embargo, nació en un hogar muy humilde, de origen campesino. Su madre se dedicaba a la venta de alimentos en la calle y su padre a la ganadería, en una pequeña finca alquilada.

Junto a sus siete hermanos, vivía apretujado en condiciones sumamente precarias, en una casa de dos habitaciones, de madera y techo de zinc, el cual fue desprendido con el paso de un huracán en la década de los 90.

Pero junto a Eliezer y Winston, sus dos hermanos mayores, encontró a corta edad el motivo de la pasión de su vida: el béisbol. Desde los 11 años empezó a practicarlo, en la misma comunidad que ha visto formarse a otros grandes jugadores, como Miguel Tejada, recordado paracorto de los Atléticos de Oakland y los Orioles de Baltimore.

En principio, Eliezer fue considerado para el entrenamiento del equipo de los Dodgers de Los Angeles. Poco tiempo después, sin embargo, fue desestimado. Por el contrario, su otro hermano, Winston, fue firmado por este equipo, para el cual llegó a jugar en Grandes Ligas.

Vladimir fue también observado por dicha agrupación deportiva. La suerte, sin embargo, no le acompañó. Al iniciar sus entrenamientos, experimentó una lesión, lo que le hizo abandonar sus sueños de usar la franela del equipo de Jackie Robinson.

Esa lesión pudo haber sido el fin de la carrera deportiva del oriundo de Nizao. Pero su disciplina, capacidad de sacrificio y perseverancia, le permitieron superar ese y otros escollos; y fue así, que a la edad de 21 años de edad, en el 1996, inició su carrera profesional de Grandes Ligas con los Expos de Montreal.

Con los Expos, Guerrero tuvo la fortuna de encontrarse como dirigente del equipo a una de las figuras luminarias del béisbol dominicano: Felipe Rojas Alou. Bajo su dirección, durante los próximos seis años, se fue consolidando como un gran bateador de promedio y de poder.

El banilejo inmortal
En el 2002, Vladimir pasó a usar el uniforme de los Angelinos de Anaheim, organización con la cual permaneció durante ocho años, para luego culminar su carrera con los Rangers de Texas y los Orioles de Baltimore.

Durante sus años en las Grandes Ligas empezó a tejerse un mito. De que, a diferencia de la generalidad de los jugadores, no usaba guantillas para batear, y de que era un bateador de bolas malas.

Se recuerda, inclusive, que en una ocasión le hizo swing a una pelota que picó antes de llegar al plato, bateándola de hit. Su brazo, desde el jardín derecho, era soberbio. Nadie se atrevía a desafiarlo corriendo las bases. Cualquier intento era casi un out seguro.

En el 2004, año en que su equipo, los Angelinos de Anaheim alcanzó el campeonato, fue galardonado con el título de Jugador Más Valioso de la Liga Americana. Con motivo de ese reconocimiento hizo una visita, junto a sus padres, al Palacio Nacional, donde me correspondió la honra de recibirle, para en nombre del gobierno, externarle las merecidas felicitaciones.

Intrigado sobre las causas que le motivaban a perseguir las bolas fuera de la zona de strike, recuerdo que le hice la siguiente pregunta: “Vladirmir, ¿cómo es que puedes batear cualquier tipo de lanzamiento? ¿Es qué existe una técnica especial para eso?”.

Me respondió, diciendo: “Es que cuando era niño jugaba vitilla en la calle con los muchachos. Me hice experto dándole a la vitilla, que además de ser pequeña de tamaño, tiene una trayectoria zigzagueante. Entonces, si aprendí a batear vitillas, la pelota se me hacía más fácil.”

Su disciplina en la caja de bateo, su enfoque y su perseverancia en alcanzar, cada vez más y mejores resultados, lo llevaron a terminar su carrera de 16 años en las Grandes Ligas con un porcentaje de bateo de por vida de .318. Eso, por supuesto, lo colocó entre los siete jugadores más destacados de la historia del deporte. Igualmente, conectó 2,590 hits, entre ellos 477 dobles. Disparó 449 jonrones. Remolcó 1,496 carreras; y anotó 1,328 veces. Ganó ocho bates de plata. En nueve ocasiones participó en el Juego de Estrellas. Registró 12 temporadas de 20 o más cuadrangulares. En ocho terminó con promedio de bateo por encima de de .300; y en las dos únicas ocasiones en que no logró alcanzar esos porcentajes, estuvo en .290 y .295.

Vladimir Guerrero, el banilejo inmortal de Cooperstown, es uno de solo dos jugadores en la historia de las Grandes Ligas, junto a Joe Dimaggio, en lograr tres temporadas consecutivas con un promedio de bateo de .300; 30 cuadrangulares; 100 remolcadas; 100 anotadas; y un porcentaje de slugging (cuantas veces batea de hit en relación a turnos al bate) de 500 antes de cumplir los 25 Además, se encuentra entre los cinco jugadores que en la historia del béisbol ha logrado conectar de hit en 30 partidos consecutivos. Algo sencillamente espectacular.

Al haber llegado a la cúspide de su carrera y haber sido incluido en el grupo selecto de miembros del Salón de la Fama de Cooperstown, Vladimir Guerrero, al igual que Juan Marichal y Pedro Martínez, se ha convertido, para orgullo de todos, en un ícono, en una figura emblemática del pueblo dominicano, que trasciende al ámbito global.

Ahora hay otros que se encuentran en el círculo de espera para también incorporarse a los inmortales del béisbol. Entre ellos, por supuesto, David Ortíz, el Big Papi, el hombre que acabó con la maldición del Bambino y llevó a los Medias Rojas a más de un campeonato mundial; Albert Pujols; Adrián Beltré; Robinson Canó; y Nelson Cruz.

Tal vez, algún día, también podamos ver a Vladimir Guerrero hijo, un joven talentoso, tercera base de la organización de los Azulejos de Toronto, alcanzar la cima de la fama, siguiendo las huellas de su padre.

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