Por: MAURICIO MEJÍA

Cuando Martin Luther King tenía 3 años –nació en enero del año del Crash de Nueva York, 1929- se produjo la primera revolución internacional de la contienda negra. Thomas Edward, Eddie, Tolan, el Espresso de Medianoche, se convirtió en el primer atleta negro en ganar dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos. Fue en Los Ángeles 32. Tolan, de alguna manera, prefiguraba (dice Borges que en todos hay un precursor y un continuador) la hazaña de otro corredor de color, Jessie Owens. El Espresso de Medianoche ganó las pruebas reinas del atletismo de pista: los 100 y los 200 metros planos. Owens, en cambio, los 100, los 200, el 4×100 relevos y el salto largo; todos esos oros en los Juegos del 36, que utilizó el Reich para enaltecer la superioridad aria sobre el resto de las razas. Muchas hazañas vio el chico King –que heredaría el nombre de otro alemán, Martín Lutero- cuando tenía apenas 7 años y un tormentoso y religioso camino por delante.

Tolan murió en la siempre convulsa Detroit en 1967, un año antes del homicidio de Luther King en Memphis, Tennessee, el 4 de abril de 1968. En una reseña al libro Verdad de vida de A.O.J. Cockshut, publicada en el The Times de Londres en 1974, R. Holmes escribe: “su propósito último es el más ambicioso y blasfemo de todos: devolver la vida a un ser humano”. Estas líneas rastrean la vida de un ser humano que tuvo un sueño: el quehacer del hombre y sus acompañantes.

King estudió teología en el Crozer Theological Seminary en Chester, Pensilvania. También sociología. Y en 1951 recibió el doctorado en filosofía por la Universidad de Boston.

Pocas semanas después del asesinato de King, un hecho que puso en aprietos la estabilidad de los Estados Unidos de América (el 6 de junio de ese 68 también fue liquidado el aspirante a la presidencia por los demócratas Robert F. Kennedy, hermano del ex presidente John; otro habitante de sueños), dos velocistas dejarían la huella de la lucha negra dentro del Movimiento Olímpico: Tommie Smith y John Carlos. Y también en la pista. Y también en los 200 metros. Tolan, ya fallecido, había nacido justo 60 años antes. 1908, en Denver, Colorado.

Tommie ganó la prueba el 16 de octubre en el Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria de Ciudad de México con un récord mundial de 19.83 segundos (Tolan, en el 32, batió la marca olímpica con 21.2 segundos). El australiano Peter Norman terminó en segundo, con 20.06. Y Carlos en tercero, con 20.10. Cuando salieron al podio para recibir sus preseas, los estadounidenses portaban guantes negros, uno derecho y otro izquierdo. Uno de los dos olvidó su par en la Villa Olímpica de Tlalpan. Descalzos, levantaron el puño mientras se llevaba a cabo la ceremonia de premiación. El deporte es un hecho político, por más que Pierre de Freddy, Barón de Coubertin, se negara a aceptarlo. El Black Power estaba en las televisiones de todo el mundo. La lucha negra dejó de ser un asunto interno del sueño americano. Norman había sido el de la idea de que compartieran los emblemas. Cuando regresó a Australia fue denigrado como atleta y como persona.

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El Comité Olímpico Internacional reprochó el activismo de los campeones negros y el Comité Olímpico de Estados Unidos envió telegramas de vergüenza y repudio por los desplantes de sus deportistas. La sombra de Luther King campea todavía en la arena de la Ciudad Universitaria de El Pedregal. King era enemigo de la violencia y había evitado a toda costa que el movimiento por la igualdad racial se convirtiera en baño de sangre para la comunidad afroamericana.

Nada más violento que la paz. “Todo es posible en la paz”, decía el lema de México 68; los puños de Smith y Carlos fueron los símbolos del repudio ante un ya cargado año de imágenes contra el totalitarismo: Praga, París, Tlatelolco.
Tengo un sueño de que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’
En 1954, cuando tenía 25 años, King fue nombrado pastor de la iglesia bautista en Montgomery. Alabama aportó su nombre a la lucha racial cuando, el 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks fue arrestada por no ceder un asiento de camión a un pasajero blanco. Se inició el boicot contra la línea de autobuses. El simbolismo de Parks dio una vuelta de tuerca a la batalla negra. King fue apresado y su casa incendiada. En 1956 la Suprema Corte de Estados Unidos decretó como ilegal la segregación en lugares públicos, transportes y escuelas. La sentencia no se cumplió.

En ese 1956, Jackie Robinson, el primer pelotero negro en las Grandes Ligas (debutado en abril de 1947, con el Dodgers de Brooklyn, a quien, según Sports Illustrated, le llovieron amenazas de muerte durante sus primeros años como profesional), anunció su retiro del diamante. En 1950, Earl Lloyd fue el primer afroamericano en la NBA y Ernie Davis, el Espresso de Elmira, fue el primer jugador negro de futbol americano en ganar el trofeo Heisman del deporte colegial en 1961. En ese año fue recibido por el presidente Kennedy, quien moriría también asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Davis no jugó en la NFL porque murió antes a causa de leucemia.

Después de ganar la medalla de oro del semipesados de los Juegos Olímpicos de Roma, Cassius Clay intentó comer en un restaurante de hamburguesas solo para blancos. No le sirvieron su pedido. Clay, dice la leyenda, tiró la presea al río. Cuando Clay se convirtió al Islam con el nombre de Muhammad Ali, Martin Luther King sintió una forma de desprecio por el ya campeón profesional de los pesados. Hubo un detalle que unió a los dos grandes, a quienes vigilaba de cerca la CIA muy de cerca: Ali se negó a alistarse a Vietnam. Elijah Muhammad, el guía espiritual de Ali, le dijo estas palabras que escribe en su biografía El más grande:

“Tú y yo debemos sufrir este dolor, debemos llevar todas estas cargas. Es inconcebible que el gobierno norteamericano –rey de los mares, dios del aire, conquistador del espacio exterior, señor de la tierra, visitante del fondo de los océanos- no pueda defendernos de los ataques y el asesinato en las calles de estas junglas de cemento. Cuando tú te levantas y hablas en defensa de tu propio pueblo eres calificado de provocador, de comunista, de portador del odio racial, de todo salvo de algo bueno”.
Ali y King no comulgaban en el cuadrilátero religioso, pero sí en el político. Hay un video en el que el campeón sostiene que siguen siendo amigos. Ali no fue bien recibido en su círculo de amigos cuando se convirtió a La Lectura, pero recibió muestras de apoyo de todos lados cuando se negó a formar parte del ejército. El homicidio de Malcom X, en Nueva York en 1965, remarcó la postura engreída y soberbia de Ali contra el establishment estadounidense. Su renuncia a la guerra provocó que se le desconociera como dueño del cinturón de la gran división del Noble Arte.
King, quien en 1963 pronunció su histórico discurso en Washington D.C. después de levantar los ánimos afroamericanos en más de la mitad de la Unión Americana, rechazó también la aventura estadounidense en Vietnam. Llamaba al gobierno de Johnson el mayor proveedor de violencia del mundo. Había una gran diferencia entre la izquierda de Ali y la derecha de King. King no era musulmán.
Cuando se llevaba a cabo el juicio contra Ali, un hombre cercano a él llevaba dos “colts del cuarenta y cinco” en una maleta para proteger la integridad del campeón. Angelo Dundee, su entrenador se opuso a que hubiera armas en un campo de la justicia. Reggie Barret, cercano a Ali, respondió:
-Le pegaron un tiro a Kennedy, mataron a Martin Luther King. Mataron a Medgar Evers. Tienen más motivos para odiar a este hombre, Muhammad Ali, que los que tenían para odiar a King. King era cristiano, al menos.

Angelo insitió:
-¿Y de qué nos van a servir las armas?
En aquel 4 de abril de 1968 tampoco las palabras sirvieron. El pastor del sueño murió asesinado. En 1996, en la Atlanta en la que nació Martin Luther King en 1929, el Comité Olímpico Internacional devolvió el oro olímpico de Roma 60 a Muhammad Ali, el Rey de la colina.

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