Autora: Margarita Cedeño de Fernández

El lector curioso encuentra en cualquier esquina donde vea libros, una excusa válida para ahondar en conocimientos, en un intento por saciar la sed de aprendizaje que sobreviene a quien disfruta de la palabra escrita. Cuando divisé entre los libros de economía un título sugerente, “economía de la felicidad”, no pude más que devorar su contenido y maravillarme por su síntesis en torno a cuáles son los retos de una sociedad como la nuestra, que hoy en día debe comprender el rol de la tecnología en esta nueva economía digital, y su impacto en la desigualdad y el trabajo.

Hoy en día, la economía digital equivale al 15.5% del PIB mundial; una economía donde cada dólar invertido en tecnología añade, en promedio, 20 dólares al PIB, según cálculos del Banco Interamericano de Desarrollo. Esta premisa nos lleva a la pregunta obligatoria: ¿cómo aprovechamos las bondades de la economía digital para generar felicidad y bienestar en la población?

En la obra “Economía de la felicidad”, de los coautores Josep María Coll y Xavier Ferrás, se presenta una hoja de ruta con las claves para aprovechar la oportunidad que representa la tecnología y las posibilidades que esta abre para acabar con la pobreza, la desigualdad y el trabajo precario, de manera que tengamos sociedades más felices.

Es un título sugerente, que invita a reflexionar sobre la manera en la que medimos el bienestar de la economía y de qué manera el aumento de los ingresos se refleja en la felicidad y en la satisfacción de los habitantes.

En otras ocasiones, he escrito sobre el tema, específicamente sobre la “Felicidad Interior Bruta”, un concepto que enseña que “el verdadero desarrollo de la sociedad humana se encuentra en la complementación y refuerzo mutuo, del desarrollo material y espiritual”. Bután, un pequeño país en el sur asiático, adoptó en 1972 este concepto como el indicador más importante para definir su desarrollo.

Posteriormente, la Organización de las Naciones Unidas ha adoptado conceptos similares, analizando datos relacionado a la felicidad en su Reporte Mundial de Felicidad (RMF), y por igual, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que ha creado un Índice para una Vida Mejor, que monitorea los niveles de satisfacción y felicidad de sus Estados miembros.

Hay que tener en cuenta que la medición de conceptos como la “felicidad”, la “satisfacción”, la “buena vida”, son muy complejos y, a veces, hasta subjetivos, debido a la heterogeneidad de las personas. Sin embargo, el planteamiento de Coll y Ferrás en su obra, nos acerca a comprender con mayor claridad si somos capaces de que el desarrollo económico se convierta en una fuente de felicidad y bienestar para la población.

¿Seremos capaces de extender los beneficios de la tecnología al total de la humanidad? ¿Podremos hacer de las fuentes de empleo un espacio propicio para el desarrollo integral de los seres humanos? ¿Podremos vivir en un mundo donde todos quepan en el tren de la abundancia?

Vivimos una interesante y retadora encrucijada, donde el ejercicio del liderazgo y la innovación definirán el futuro de nuestras sociedades y el bienestar que podamos lograr para todos y todas. El talento libre y motivado por un propósito superior, será la clave para la construcción de auténticas economías del conocimiento, creativas y humanas, generadoras de prosperidad compartida, dando paso a una economía de la felicidad.

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