Por: Idafe Martín Pérez
Europa, el continente más próspero que el mundo ha visto, no quiere migrantes económicos ni refugiados. Europa quiere sellar sus fronteras y disuadir en lo posible a los candidatos que intentan entrar a su territorio.

La cumbre europea de este jueves y viernes parió un acuerdo de mínimos, una oda a la nadería, un texto que contenta a los 28 países del bloque porque todos saben que su puesta en práctica es casi imposible y porque se hizo, en realidad, no contra una crisis migratoria, sino contra la histeria política.

Las llegadas de migrantes y refugiados por el Mediterráneo cayeron en tres años un 96 por ciento, de más de un millón de personas en 2015 a menos de 50.000 en lo que va de año. Esa mínima presión migratoria (los llegados este año suponen el 0,01 por ciento de la población europea) se reconoce incluso en los documentos oficiales de la cumbre.

Sin embargo, la realidad queda lejos de la estrategia política. Presionada por su partido, la canciller alemana, Angela Merkel, necesitaba algún tipo de acuerdo europeo sobre migración para salvar su coalición de gobierno.

El otro punto de presión era el feudo electoral de la Liga, el partido neofascista que domina el norte de Italia y que ya tiene a su líder Matteo Salvini en el ministerio del Interior.

Ante esa presión, los dirigentes europeos consiguieron la madrugada de ayer, tras 13 horas de negociación, un pacto que no molesta a nadie porque todas sus medidas son de aplicación voluntaria.

El acuerdo incluye varias disposiciones que no resistieron ni al final de la cumbre para demostrarse como un brindis al sol. La primera es la creación en territorio europeo de “centros de control”.

Se llevarían ahí a todas las personas rescatadas en el Mediterráneo para separar a los migrantes económicos de los solicitantes de asilo. Los segundos serían transferidos desde allí a algún país europeo.

Sobre el papel, el plan parece sencillo. En la vida real su ejecución es casi imposible porque los mismos 28 gobiernos que lo acordaron también pactaron que la construcción de esos centros será voluntaria, así como voluntaria será la aceptación de refugiados repartidos desde los países de llegada hacia los demás miembros del bloque.

La otra medida será crear centros similares, pero fuera del territorio europeo, en países a los que se pagaría para que los aceptaran. Otro plan aparentemente sencillo, pero impracticable por ahora porque ningún país levantó la mano a fin de mostrarse voluntario para acoger uno de esos centros y varios (Marruecos, Túnez, Albania, Kosovo) ya dijeron que no los quieren.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, reconoció ante la prensa que era “demasiado pronto para hablar de éxito”. “Hemos conseguido llegar a un acuerdo, pero esa era la parte más fácil de la tarea que nos espera cuando empecemos a poner el acuerdo en práctica”, dijo.

Gemma Pinyol, analista de políticas migratorias del centro de estudios Instrategies, explicó a EL TIEMPO que ya se ha demostrado que esos centros de retención de migrantes no funcionan. “No solo vulneran los derechos a miles de personas, sino que han abandonado a países socios como Italia y Grecia a su suerte, con resultados lamentablemente conocidos”, señaló.

En su cuenta de twitter, la Unión Europea resaltó la caída de las llegadas de migrantes ilegales: “Medidas de la UE para frenar migración ilegal: las llegadas ilegales cayeron un 96% desde su apogeo en octubre de 2015.Esta noche, los líderes de la UE acordaron nuevas medidas para hacer frente al contrabando de migrantes y detener los flujos”.

Aunque la cumbre sí produjo una decisión que tendrá efectos prácticos: 500 millones de euros (que podrán ir aumentando) para replicar el acuerdo firmado en marzo del 2016 con Turquía y que permitió cerrar la ruta por la que escapaban de la guerra hacia Europa los sirios e iraquíes.

Europa pagaría ahora a países del norte de África como Túnez y Marruecos para que se conviertan en gendarmes avanzados de las fronteras europeas y para que impidan que desde sus costas zarpen las barcazas que acarrean a los migrantes y refugiados.
No hay solución práctica para evitar que un buque de una ONG pase días parado en alta mar sin saber a qué puerto debe dirigirse.

Pero sí un recordatorio a esas mismas ONG para que no interfieran en el trabajo de los guardacostas libios (financiados con dinero europeo y denunciados a diario por graves violaciones de derechos humanos). Europa no quiere a los buques de las organizaciones humanitarias rondando cerca de las aguas libias. Son testigos molestos.

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