Autora: Margarita Cedeño de Fernández

En todas las mesas surge la pregunta obligatoria: ¿la tecnología nos aleja o nos une? En cada convite se discute el tema, como si fuera un asunto generacional. Los más adultos cuestionan a los jóvenes, porque mantienen su mirada, y sus dedos, pegados a la pantalla que se ha convertido en herramienta esencial para la vida de hoy.

Sherry Turkle ha escrito un extraordinario ensayo sobre el tema, donde sustenta, con una investigación profunda desde la psicología humana, cuáles son las consecuencias de las redes sociales y su impacto en la vida familiar, la educación, el romance y hasta en el sentido de soledad.

Aunque soy defensora ferviente y usuaria constante de las redes sociales, no puedo dejar de reconocer que la conversación cara a cara es el acto más humano y humanizador que podemos realizar. No hay empatía si no nos miramos a los ojos. ¿Será que ya nadie quiere hablar? ¿Está en crisis el arte de conversar? Parece que sí. En una encuesta, 9 de cada 10 personas admitieron haber tomado el celular en su más reciente encuentro social. En promedio, cada 6 minutos revisamos nuestro celular.

El problema no es la tecnología. Es útil y necesaria, esencial para el presente y futuro de la humanidad. El problema es que, si olvidamos el contacto humano, en este caso en la conversación, perdemos mucho y nos da la sensación de que uno sustituye al otro, cuando no es así. Nos supera la certeza del control que tenemos en las relaciones digitales, que nos permiten cerrar la aplicación cuando queremos, sin mayores consecuencias.

Las conversaciones cara a cara traen sus exigencias. Mirarnos a los ojos, modular el lenguaje corporal, llevar el hilo de la conversación y manejar los estímulos externos, son solo algunas de las cuestiones a tener en cuenta. Lo esencial es generar empatía, ponerse en el lugar del otro y no huir de la conversación.

Desde el punto de vista de la psicología, resulta fundamental aprender a conversar, a negociar, a sentir empatía e incluso a pedir perdón. Como lo visualiza Turkle: “no es lo mismo pelearte con un amigo y enviarle un mensaje de texto o por Facebook y seguir con tus cosas que sentarte frente a él, sudar, sufrir y decir: ‘Lo siento’. A su vez, quien lo escucha también siente, y perdona, o se enfada, pero siente. Es doloroso y complicado, pero es fundamental. Es la manera en la que aprendemos a construir relaciones humanas”.

La existencia digital va condicionando nuestra vida real cada vez más. Estamos llegando a un punto de simbiosis, donde el dispositivo se convierte en una extensión del cuerpo humano.

El debate quedará abierto por mucho tiempo, porque los humanos somos en extremo muy comunicativos. Pero no podemos no prestarle atención, porque los efectos de la comunicación asincrónica, es decir, de la comunicación que no ocurre en completa correspondencia temporal, con diferencias entre espacio y tiempo, generará cambios importantes en la forma como viven los seres humanos.

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