Las campañas presidenciales en el mundo siempre tienen toques especiales por uno u otro motivo. En la actualidad internet, las redes sociales y los sistemas de mensajería instantánea son un campo de batalla en el que las noticias falsas tienen una gran participación para desorientar al contrincante.

Sin embargo, en Brasil también se han presentado otros elementos que han vuelto atípica la campaña: en primer lugar, el popular expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), que fue condenado por corrupción y a quien hasta hace pocos meses se contempló como posible candidato a la reelección, dirige desde la prisión los movimientos del candidato que lo representa; en segundo lugar, los dos favoritos tienen banderas totalmente opuestas en materia ideológica y hay ausencia de una buena opción de centro; en tercer lugar, un grave atentado a cuchillo al representante de la extrema derecha y por último, la guerra de encuestas son los principales tópicos de la coyuntura electoral del gigante suramericano.

Temas como la falta de un real desarrollo en el Brasil profundo, el de las medianas y pequeñas ciudades y el de regiones selváticas; el impulso que necesita la economía para insertarse en el primer mundo, una agenda social que mejore las condiciones de vida y que la corrupción deje de ser lo más importante en la vida política estuvieron en el debate electoral, pero casi fueron eclipsados por la preocupación de lo que dijeran las encuestas de opinión.

La sombra de Lula planeó a lo largo del proceso electoral de Brasil y se proyectará sobre el mandato del próximo presidente, especialmente si la izquierda vuelve al poder. Además, su causa judicial -pues está preso desde abril- acaparó la atención del país durante meses y determinó la estrategia de los principales partidos.

Después de ser condenado en enero por un tribunal de apelaciones a 12 años y un mes de prisión por corrupción y lavado de dinero, el exobrero metalúrgico, de 72 años, luchó por postularse a un tercer mandato, antes de pasar el relevo, el 11 de septiembre, a último momento, a su delfín, el casi desconocido exalcalde de Sao Paulo Fernando Haddad.

¿Campaña desde la cárcel?
La estrategia de Lula, líder del Partido de los Trabajadores (PT), denunciada por algunos como una campaña hecha en cuerpo ajeno, movida arriesgada, pero en última instancia muy beneficiosa para Haddad. Y es que hay que recordar que Lula dejó el poder en 2010 con un 87 por ciento de popularidad, por lo que sigue siendo poderoso.

En una carta publicada el lunes por el ‘Jornal do Brasil’, el exlíder sindical llamó a “salvar la democracia” y rechazar “la barbarie”, en alusión al afianzamiento del ultraderechista Jair Bolsonaro a la cabeza de las intenciones de voto en la primera vuelta.

Pero Lula también cuenta con un ejército de detractores, que le achacan la mayor responsabilidad en los esquemas de corrupción en Petrobras, revelados por la operación Lava Jato. Y que temen que un regreso al poder del PT, que ganó las últimas cuatro elecciones presidenciales, acarree un retroceso de las medidas de austeridad impulsadas por el presidente Michel Temer.

Un ejemplo de la lealtad de Haddad hacia Lula es el hecho de que ha asegurado que de ser elegido llevará a cabo el programa de su mentor, a quien a menudo visita en su celda. Esa lealtad es caricaturizada a diario por Ciro Gomes, el candidato de centro-izquierda del Partido Demócrata Trabalhista (PDT), para quien Haddad sería un presidente que consultaría a su encarcelado maestro “en cada crisis”.

En el otro extremo, el de la derecha, Jair Bolsonaro, excapitán del ejército y que tiene una benigna visión de la dictadura, ha expresado odio hacia algunas minorías como los homosexuales y lesbianas y tiene un sesgo muy conservador sobre el papel de la mujer.

Su nombre estaba tomando fuerza en los últimos meses, pero el 6 de septiembre recibió una puñalada por parte de un hombre que dijo estar “asustado” por sus radicales propuestas y al parecer este hecho lo impulsó al primer lugar del favoritismo, al menos en los sondeos para la primera vuelta del domingo.

El vencedor de las elecciones brasileñas se encontrará a la mayor economía de Suramérica estancada, con casi 13 millones de personas sin trabajo (12,1 por ciento de la gente en edad de trabajar) y a la que le cuesta superar los efectos todavía visibles de la severa crisis de 2015 y 2016 que desplomó el Producto Interno Bruto (PIB) un 7 por ciento.
También hay un déficit fiscal de 7,4 por ciento del PIB y una deuda pública de 1,2 billones de dólares, equivalente al 77,3 por ciento del PIB, cuando en 2014 rondaba apenas el 50 por ciento.

A la par del bache en la economía, la corrupción ha sacudido a Brasil en los últimos años y algunos esperan que el su efecto sea medido en los comicios.

El país suramericano enfrentará sus primeras elecciones presidenciales tras conocerse la magnitud de la Lava Jato, una enorme trama de corrupción destapada en marzo de 2014 y que ha salpicado a políticos de prácticamente todo el arco político.

Las secuelas de esos escándalos serán un desafío para el Gobierno que resulte de las elecciones tras un sinfín de operaciones anticorrupción, confesiones protagonizadas por importantes empresarios y caletas repletas de dinero desviado de las arcas públicas.

No aceptamos comentarios ofensivos, El Verificador promueve el debate de ideas como herramienta que fortalece la vida democrática.

+ 35 = 45