La guerra comercial entre China y Estados Unidos ya tiene dos perdedores: sus dos protagonistas. Donald Trump decidió la pasada semana subir los aranceles a los productos procedentes de China otro 10% sobre unos bienes valorados en 200.000 millones de dólares, hasta llegar al 25%. El presidente norteamericano dijo estar “muy contento”, pensando en los ingresos extras para las arcas públicas. Sin embargo, los estudios económicos coinciden todos en lo mismo: esta política tiene un impacto económico negativo para quien la promueve.

De entrada los mercados han reaccionado de forma negativa y cerraron el viernes la peor semana del año. Según un informe de Bank of America Merrill Lynch, unos 20.500 millones de dólares salieron de los parquets hacia los bonos a causa del “trauma comercial”. Y tanto la OCDE como el FMI han advertido que un conflicto abierto de estas características entre Estados Unidos y China puede llevar la economía global a la recesión.

A escala comercial, Gary Shapiro, director ejecutivo de la Consumer Technology Association, ha advertido que los aranceles que golpean a los productos electrónicos chinos serían pagados por los consumidores y las empresas estadounidenses del sector y no por China, como afirma Trump. “Nuestra industria respalda más de 18 millones de empleos en EE. UU. pero los aranceles ya vigentes le han costado al sector de la tecnología estadounidense unos 1.000 millones de dólares más al mes desde octubre. Eso puede suponer la diferencia entre la vida o la muerte para las pequeñas y las nuevas empresas, que no pueden absorber los costes adicionales”.

Mientras las dos partes negocian contra reloj algún tipo de acuerdo, parte del daño ya está hecho. Las posibles represalias pueden causar una escalada proteccionista que se extendería también a otros sectores de productos.

Política doméstica
Los republicanos hacen un guiño en clave interna a sus votantes

Las distintas instituciones internacionales no se ponen de acuerdo sobre la estimación de las pérdidas, aunque confirman los números rojos. El FMI recuerda que en caso de una subida bilateral de los aranceles hasta el 25%, ambos países “sufrirían las mayores pérdidas. Las exportaciones chinas caerían un 25% y las de Estados Unidos hacia Pekín lo harían incluso más: un 36%. Los recortes en el PIB serían del 0,6% para Washington y del 1,5% para China.

Un reciente estudio del Banco Central Europeo estima que esta política sería desastrosa precisamente para Estados Unidos. En caso de una guerra comercial global a gran escala, el PIB estadounidense caería un 2,2%, debido también a la pérdida de confianza en las inversiones. Curiosamente, China y la Unión Europea aguantarían mejor, porque captarían parte de ese desvío comercial. Los europeos apenas notarían variaciones, mientras que los chinos ganarían unas décimas en su PIB, al aprovecharse del espacio comercial asiático.

Digitalización
Los aranceles tienen menos consecuencias en una economía cada vez más inmaterial

Cabe preguntarse entonces por qué Washington ha decidido llevar a cabo esta estrategia que parece un tanto suicida. “Se nos escapa a todos. No tiene una explicación desde el punto de vista económico. Si quisiéramos resumirlo, es como si Donald Trump quisiera mantener el poder hegemónico de Estados Unidos, pero al estilo bajo coste. Es decir, que los otros también paguen. A corto plazo le puede funcionar con sus votantes, pero a largo no”, comenta Jordi Bacaria, profesor de Economía de la UAB y asociado del Cidob. Alan Blinder, veterano economista de Princeton, reconocía que explicar los beneficios del libre comercio a veces es difícil, con lo que Trump juega con ventaja y puede hacer discursos demagógicos.

Aun así, se pueden subrayar algunas motivaciones estratégicas. Una posible lectura es en clave interna. Cuando sube los aranceles al acero procedente de Europa, la Casa Blanca hace un guiño a las empresas siderúrgicas de Pensilvania. De la misma manera, al encarecer los tomates procedentes de México (cuyo precio ha subido entre un 40% y un 70%) se hace un favor a las empresas agrícolas de Florida. Ambos estados cuentan con un número de votantes republicanos que Donald Trump aspira a mantener.

Donald Trump y Xi Jinping, en su reunión de noviembre de 2017

Donald Trump y Xi Jinping, en su reunión de noviembre de 2017 (Damir Sagolj / Reuters)
Asimismo, hay un factor que juega a favor de Trump y es la revolución tecnológica. En algunos sectores, por ejemplo, es necesario recurrir a producción en otros países para ensamblar el producto, como en el automóvil. Y el proteccionismo afecta directamente el sistema de la cadena de valor. No obstante, en una economía cada vez más inmaterial y de servicios, las medidas arancelarias tienen un impacto interno de encarecimiento de los precios menor al que hubieran tenido, en proporción, hace un par de décadas.

También hay que considerar que Estados Unidos no es el país más integrado en el comercio mundial del G-20. Y los que están más integrados son los que más perjudicados se acaban viendo en caso de guerras de este tipo. Con lo cual, si bien es cierto que los estadounidenses pierden mucho en una guerra comercial, también es verdad que otros países podrían acabar perdiendo más porque los norteamericanos están menos expuestos al exterior. “Si estuvieran muy integrados, no harían lo que están haciendo. Su razonamiento es ‘si yo pierdo menos, entonces gano’”, dice Bacaria.

Según un estudio de la OCDE, el porcentaje del PIB de EE.UU. que está en riesgo en caso de una guerra comercial global es del 1,5%. En China es del 4,3% y en Alemania, del 4%. La lógica trumpista.

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