JON MARTÍN CULLELL
El anuncio de subida de aranceles por parte de Estados Unidos coloca a México ante un precipicio económico de consecuencias impredecibles. La medida, anunciada el jueves por el presidente estadounidense, Donald Trump, para obligar a su vecino a frenar la inmigración irregular, ha sentado como “una ducha helada”, en palabras de la mano derecha del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador en el proceso de negociación del nuevo tratado comercial norteamericano (T-MEC), Jesús Seade.
Llega, además, en un momento especialmente crítico e inesperado. Justo cuando la ratificación del citado acuerdo se abre paso en las cámaras legislativas de EE UU, México y Canadá, Trump hace saltar el tablero nuevamente, añadiendo presión sobre una economía, la mexicana, aquejada de un sempiterno bajo crecimiento, de niveles de inversión modestos y de una caída sostenida en la producción manufacturera.

La decisión de Trump apunta al sector de la economía mexicana que es a la vez su principal fortaleza y su mayor talón de Aquiles. Las exportaciones suponen el 32% del PIB y EE UU es su principal destino, al recibir el 73% de las ventas totales y el 81% de las no petroleras. Solo en el sector automotor, el más vibrante en los intercambios bilaterales, las exportaciones mexicanas al vecino del norte llegaron a los 93.000 millones de dólares en 2018. El golpe cae, además, cuando la expansión económica no termina de levantar el vuelo: el Banco de México ha recortado la expectativa de crecimiento para 2019 y la sitúa entre un 0,8% y un 1,6%. La producción industrial ha seguido una tendencia similar, al caer un 1,3% en marzo respecto a febrero.
En este contexto delicado, el impacto es difícil de predecir y puede ir, según los expertos, desde un mero incremento de la incertidumbre en el mejor de los escenarios hasta una recesión económica en el peor. “Los aranceles estarían impactando al sector más importante de la economía, el manufacturero, en un momento en que la actividad está teniendo un comportamiento a la baja”, apunta el economista Ignacio Martínez, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). El calendario de subidas progresivas de tarifas —con un incremento del 5% al mes a partir del 10 de junio, hasta alcanzar un 25% en octubre— es una suerte de carrera contrarreloj para México: cuanto más se tarde en llegar a un compromiso, más se resentirá su economía.

El primer escenario, el de menor impacto, es la no entrada en vigor de las tarifas. Pese al escaso margen para negociar —apenas cinco días hábiles—, los expertos coinciden en que es el más probable. El representante del sector privado en las pasadas negociaciones del T-MEC, Moisés Kallach, se muestra confiado en que el órdago no sea más que un farol: “La posturas radicales de Trump no son necesariamente posiciones de acción, sino de negociación”. Además, los lazos que atan a ambos países hacen que cualquier imposición tenga un efecto boomerang. “México se llevaría por mucho la mayor parte del daño, pero en EE UU no sería despreciable. Más del 40% de las exportaciones son de subsidiarias de empresas estadounidenses”, asegura el economista Héctor Villarreal, director general del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CEIP).

Pero incluso si Trump acaba no apretando el gatillo, el daño del mero anuncio puede ser importante. Un análisis del banco BBVA señala la persistencia de la incertidumbre y la desconfianza en el marco regulatorio del T-MEC. “Los inversionistas sabrían que las restricciones comerciales puede surgir en cualquier momento y por cualquier motivo”, apunta el documento, publicado este viernes.

En caso de entrar en vigor la tarifa del 5% en junio, el país latinoamericano se enfrentaría a un segundo escenario más complejo. A corto plazo, el impacto se puede traducir en una reducción modesta del PIB —de una décima como mucho, agrega Villarreal—. La depreciación del peso respecto al dólar puede absorber la subida de tarifas y amortiguar el golpe, al menos inicialmente.

Sin embargo, los expertos apuntan al agravamiento de un clima de desconfianza ya de por sí tocado. Según la encuesta de expectativas económicas que publica mensualmente el Banco de México, el 16% de los analistas consultados en abril creía que el clima de negocios mejoraría, una caída de ocho puntos respecto a marzo. Villarreal señala la confianza de los inversores como el principal problema a corto plazo. “Un arancel del 5% no es suficientemente grande para hacer descarrillar la economía, pero el gran problema es la incertidumbre que provoca. Los niveles de inversión son muy bajos y este mensaje los puede paralizar aún más”, asegura.

A partir de junio, las presiones provocadas por los aranceles se pueden disparar. De proseguir el calendario marcado por Trump hasta llegar al 25% en octubre, Ignacio Martínez cifra el daño a la economía mexicana en 3.000 millones de dólares solo por la pérdida en exportaciones de insumos y componentes. Además, ese impacto terminaría por llegar al bolsillo de los mexicanos en forma de inflación: “Las empresas van a tener que aumentar precios y de manera indirecta esto pegará a la canasta básica, principalmente vestidos, calzado y alimentos. El productor va a trasladar ese arancel a otros insumos que vende al mercado interior”, apunta.

En este tercer escenario negro, que los expertos tachan de poco probable, la economía puede entrar en recesión y llevar a empresas a replantearse su presencia en México, según Villarreal. En el plano inflacionario, además, se produciría un efecto de segunda ronda: al caer el peso, subiría el valor de los muchos productos básicos de la canasta básica mexicana que son importados de EE UU.

Ante este panorama —potencialmente de pesadilla, parafraseando la ya célebre frase del ex gobernador del banco central mexicano, Agustín Carstens, antes de que Trump llegase a la Casa Blanca—, el Gobierno de México ha apostado hasta ahora por la contención y por apurar los tiempos antes de que entre en vigor el arancel. López Obrador ha enviado una carta a su homólogo estadounidense para pedir “diálogo” y su canciller, Marcelo Ebrard, ha volado este viernes a Washington para negociar una salida a la profunda crisis abierta en la relación bilateral.

Responder con una subida de aranceles similar “sería irse a la jungla”, según dijo el jueves el negociador Jesús Seade. Sin embargo, de cumplirse la amenaza, el alto funcionario admite que México tendría que responder de forma “enérgica”. Denunciar a EE UU ante la Organización Mundial del Comercio es una opción, pero hay más. Ignacio Martínez, de la UNAM, apuesta por un gravamen del 15% sobre los sectores y regiones donde descansan los mayores apoyos de Trump para así elevar la presión y que la Casa Blanca afloje la soga. Aunque, como casi siempre en comercio, esta decisión sería también un arma de doble filo.

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