Por: Diego Santos
Que las redes sociales deben ser reguladas es un grito a voces que reclaman muchas personas desde hace tiempo. El descomunal, irresponsable y peligroso poder que han ido acumulando estas plataformas y sus dueños es cada vez más inatajable. El perjuicio de este descontrol será incalculable para la sociedad.
La influencia y alcance de Facebook, Instagram, YouTube y Twitter, por mencionar las redes más visibles, no dejan de crecer. Los gobiernos se ahogan en su ignorancia y displicencia para atajar este tsunami. Y aquellos Estados que se han atrevido a hacerles frente, como Australia recientemente, se han encontrado con rivales omnipotentes, conscientes de su posición privilegiada y dispuestos a combatir al otrora intratable aparataje estatal. Así están las cosas.

¿Qué nación es capaz de poner en cintura a una organización que ofrece un producto que consume más del 90 por ciento de la población con acceso a internet?

Hay casi 4.000 millones de personas con al menos una red social. ¡El 49 por ciento del planeta! El 90,4 por ciento de los ‘millennials’ está en alguna plataforma, frente al 77,5 por ciento de la generación X y el 48,2 por ciento de los ‘baby boomers’. Una barbaridad.

Conforme uno encuentra otras cifras se percata de que estamos en una caricaturesca batalla de David contra Goliat, siendo David una insignificante cucaracha sin honda ni piedra.

El documental de Netflix ‘El dilema social’ pone el dedo sobre la llaga, pero es muy probable que no pase nada a nivel legislativo. Sería bueno, sin embargo, que padres de familia y educadores lo miren con atención para guiar a sus hijos sobre el claro peligro que representan las redes.

Ahora bien, sería impropio desconocer su valor cuando se usan bien. Por ejemplo, el mundo tiene hoy una voz e influencia que antes solo pertenecía a los medios.

En momentos en los que solo estamos viendo el lado oscuro de las cosas y vivimos inundados de mensajes pesimistas, sería un buen ejercicio ver el vaso medio lleno de las redes y quizás orientar nuestra participación en ellas hacia actividades que contribuyan a la construcción de una mejor sociedad.

Durante la pandemia, miles de personas lograron compensar la pérdida de ingresos con emprendimientos que impulsaron a través de sus cuentas en redes.

Estas pueden representar fogonazos de democracia capaces de generar movimientos sociales que hagan tambalear gobiernos tiránicos o prevenir más abusos por parte de los mismos. Así como las noticias falsas se dispersan y pueden provocar resultados adversos, también hay espacio para que conceptos honestos permeen en la sociedad. En redes hay mentes brillantes de distintos campos del saber. Personas como el bioquímico Moisés Wasserman, por mencionar a una, que nos ayudan a reflexionar y no forman parte de ese diálogo polarizador tan frecuente en las tendencias.

Puede que a los gobiernos les quede grande la tarea de regular las redes. Y eso es nefasto. Está pues en nosotros, los ciudadanos, hacerlo. La autorregulación. Como el covid. No hay de otra.

 

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