Por: Sergio Gómez Maseri
La “sorpresa de octubre” es un término que se usa en EE. UU. para describir un suceso de última hora y de tan alto impacto que puede alterar el curso de una campaña presidencial.

Y aunque al mes aún le faltan muchos días, no hay duda de que el diagnóstico positivo por covid-19 que recibieron el viernes tanto Donald Trump como su esposa, Melania, cumple, y de sobra, con todos los requisitos que enmarca este particular concepto de la política estadounidense.

Las razones son obvias. A solo cuatro semanas de los comicios, que uno de los dos candidatos a la Casa Blanca haya contraído una peligrosa enfermedad, que puede ser hasta letal, es toda una bomba incluso para una carrera que ya de por sí era extraordinaria y cuyo desenlace sigue siendo más que incierto.

De momento, el país entero está concentrado en la salud del presidente, que está en el hospital militar Walter Reed (Bethesda, Maryland), donde fue ingresado por “precaución” el viernes, según la Casa Blanca.

Aun sus más enconados rivales, entre ellos el exvicepresidente Joe Biden, se solidarizaron de inmediato con Trump y su familia deseándoles una pronta recuperación.

Y, lo más probable, es que la enfermedad de Trump se traduzca en una especie de tregua entre las campañas mientras se resuelve la situación.

Al menos desde la perspectiva de Biden, sería un error estratégico atacar a un presidente que está delicado de salud y por eso se anticipa que cambiará su tono de aquí en adelante mientras el presidente sale de este impasse.

Por supuesto, el rumbo de esta carrera dependerá mucho de la evolución del cuadro médico de Trump. Si el presidente termina padeciendo una versión suave del covid-19, como sucede en el 99 por ciento de los casos, en dos semanas será un tema superado y la campaña podría regresar con rapidez a su curso natural.

Pero si el cuadro se complica –y es una probabilidad dada la edad de Trump, de 74 años–, sus ramificaciones políticas podrían ser completamente diferentes.

Es claro, de entrada, que la enfermedad tendrá efectos concretos en el corto plazo. Trump, por ejemplo, ya tuvo que cancelar todos los eventos de campaña previstos para los próximos días, pues debe permanecer en cuarentena al menos dos semanas.

Así mismo, quedó en el aire el próximo debate presidencial con Biden, que estaba programado para el 15 de octubre, salvo que se haga de manera virtual. Algo que no es descabellado en épocas del coronavirus, pero que supondría un enorme reto para los organizadores.

Y falta ver cuántas personas más del círculo de Trump también contrajeron la enfermedad. Su hija Ivanka y su yerno Jared Kushner, al parecer, dieron negativo, al igual que el vicepresidente, Mike Pence.

Pero se sabe de por lo menos otras cinco personas de su entorno que han salido positivas. Y podrían ser muchas más pues el presidente, probablemente ya portando el coronavirus, viajó el jueves en su avión a Nueva Jersey con casi 100 personas y estuvo en contacto con decenas más.

La situación de Biden también es incierta. El exvicepresidente tenía planeado a partir de este lunes una serie de eventos presenciales con la idea de inyectarle un poco de emoción a una campaña que ha sufrido por el estricto distanciamiento social que ha mantenido en comparación con la de un Trump que ha hecho caso omiso a las recomendaciones de médicos y científicos.

Pero el diagnóstico del presidente podría alterar esos planes. No sería bien visto, por ejemplo, que Biden termine haciendo lo mismo que tanto criticó y cuyas consecuencias ya son evidentes.

Sea como sea, hay dos narrativas que podrían emerger de esta nueva crisis.
La primera es que el coronavirus volverá a ser el eje de esta campaña electoral al menos en el corto plazo. Y eso, sobre el papel, no es algo que le convenga a Trump.

Desde que el virus irrumpió en EE. UU. en febrero de este año, el presidente ha tratado de minimizar su efecto, a pesar de que ya van más de 200.000 muertos en el país y 7 millones de contagiados. Un tema que adquirió más relevancia hace pocas semanas, cuando el periodista Bob Woodward publicó una entrevista con el mandatario en la que este reconoce que el virus se propaga fácilmente y es cinco veces más letal que la influenza.

Trump, además, ha menospreciado el uso de máscaras y el distanciamiento social al punto de burlarse de Biden por usar tapabocas casi de manera permanente. Y muchos de sus seguidores han asumido sus palabras como un desafío a las recomendaciones de los expertos que insisten en que las máscaras y la distancia siguen siendo el mejor antídoto contra la enfermedad.

Que el propio presidente de EE. UU. haya contraído el virus pese a todos los protocolos de seguridad que existen a su alrededor para protegerlo demuestra que nadie está a salvo, que su actitud pudo haber puesto en riesgo a cientos de miles de personas y que el virus sigue más vivo que nunca.

Sobre todo si se siguen confirmando más contagios en la Casa Blanca, donde la política es no usar tapabocas, y de personas que estuvieron en contacto con el presidente esta semana. Además, el contagio de Trump se presenta cuando los números de infectados por coronavirus han comenzado a crecer nuevamente en todo el país y ya se habla de una “segunda ola”.

Eso pese a que el propio presidente dijo el jueves que el fin de la pandemia estaba a la “vuelta de la esquina” horas antes de saber que él mismo padecía la enfermedad.

“Nadie debe desearle mal a Trump o a su familia, pero su enfermedad no debe excusar su irresponsabilidad. Sus acciones dejan claro que solo le interesa su bienestar, y muy poco el de los demás”, decía el viernes Jennifer Rubin, columnista de The Washington Post y crítica de Trump.

La otra idea es que el presidente podría hasta salir fortalecido de su impasse. Si se recupera rápido y sin mayores consecuencias, podría crecer su aura de invulnerabilidad y la tesis de que el covid-19 no es tan grave como lo pintan.

Además, dicen algunos, se beneficiaría por la tendencia del público a rodear a su presidente en momentos de crisis. Como sucedió con los casos del presidente Jair Bolsonaro en Brasil o el primer ministro Boris Johnson en el Reino Unido, donde su popularidad se disparó tras el diagnóstico del covid-19.

Pero en EE. UU. eso es algo que está por verse dado el ambiente de polarización extrema que se respira. De hecho,

Nadie lo sabe. Lo único claro por ahora es que EE. UU. y su campaña presidencial entraron en una dimensión desconocida donde cualquier cosa, aun la más descabellada, parece posible.

Terapia con remdesivir
El presidente de EE. UU., Donald Trump, empezó este viernes por la noche una terapia con el antiviral remdesivir contra el covid-19 tras ser ingresado en un hospital militar, informó la Casa Blanca. “El presidente está muy bien. No requiere oxígeno adicional, pero en consulta con especialistas hemos optado por iniciar terapia con remdesivir. Ha completado su primera dosis”, explicó el médico presidencial, Sean Conley. Trump recibió remdesivir después de que ese mismo día en la Casa Blanca se le administró una dosis de ocho gramos del coctel experimental de anticuerpos de la farmacéutica Regeneron. Según medios locales, el presidente experimentó fiebre leve y fatiga.

 

 

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